martes, 26 de agosto de 2008

Una infancia dificil (Primera parte)

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Sintió el calor de la mano que rodeaba la suya. Cuánto habían cambiado las cosas... Tal vez era por eso que adoraba la vida.


Recordó cuando sólo tenía 11 años, en aquel colegio con nombre de escritor y poeta, con aquella tutora que siempre la alentaba a leer y escribir. Hubo pocas personas que la animaron a seguir, que creían en aquella ilusión... Ni siquiera su padre pertenecía a ese reducido grupo. Le resultaba bastante deprimente que casi todo el mundo diera por supuesto que aquello iba a convertirse en su sueño frustrado, y que sin embargo a aquel compañero que gritaba que quería ser astronauta, o piloto de carreras, o actor de Hollywood, le animasen a seguir adelante.

Recordó que todo el mundo la miraba de forma extraña porque le gustaba leer, escribir, y tocar el violín. Además, el hecho de ser una niña tímida de mirada casi siempre baja no la ayudaba demasiado. Era el objeto de las bromas más pesadas de sus amigas, y de los comentarios más hirientes de sus compañeros en la clase. Pero ella jamás lloraba sin antes asegurarse de estar completamente sola. Fue una mala época... Realmente sabía lo que significaba sentirse desgraciada.


Tras dos años de soledad, llegó el instituto. Ella, convencida de que para entonces todos sus compañeros habrían madurado, de que conocería gente nueva, y que podría comenzar de cero, sentía un hormigueo de ilusión recorriéndole la piel de arriba a abajo. No podía creerlo: tendría una oportunidad. Fue entonces cuando aprendió que cuando uno espera mucho de la vida, puede ocurrir que ésta decepcione.


En los primeros cursos del instituto todo siguió prácticamente igual. Su grupo de amigas no había variado, aunque había hecho buenas migas con una chica llamada Bea, que sería el torrente que pocos años después cambiaría radicalmente su vida. Aunque esto ella aún no lo sabía, claro.

Como iba diciendo, su grupo de amigas no había variado, y sus compañeros de clase prácticamente tampoco, con lo que su disgusto continuó; y el cambio radical que esperaba que se diera en su entorno, pareció desvanecerse como si de un sueño al abrir los ojos se tratase.


Por suerte, Bea, la chica con la que tan buenas migas había hecho, no tenía un grupo de amigas claramente definido, por lo que en numerosas ocasiones ambas chicas salían juntas a pasear por el patio a la hora del recreo, riéndose juntas y contándose las pequeñas cosas del día a día. No era un gran paso, ella ni siquiera lo consideraba como un fuerte apoyo; pero era una forma de no tener que elegir entre pasarlo mal con sus ya casi antiguas amigas, o pasarlo mal sola. Tal vez Bea podría haber sido un pilar central en su vida, al menos temporalmente; pero el hecho de no estar juntas en la misma clase hizo que la confianza entre ambas no se desarrollara lo suficiente.


Aunque sólo hubo que darle tiempo al tiempo... Un par de años después, con el cambio de ciclo (y de edificio) en el instituto, se atrevió a desprenderse definitivamente de las que ya consideraba unas compañeras cercanas, más que unas amigas. Bea y ella seguían siendo dos compañeras que se caían bien, pero poco a poco empezaron a tomar confianza y a reirse juntas; y aunque al principio de ese año comenzó siendo una pequeña ratoncilla de biblioteca, pronto encontró una via de escape para esos ratos en los que tanto se agradece la compañía.


Un año después, la vida le hizo ese guiño tan esperado tiempo atrás. Estaba ya en 4º de la ESO cuando hicieron recolocación de alumnos en las clases, poniendo juntas a las dos chicas. Fue entonces cuando se produjo el verdadero cambio en su vida. Desde los once hasta los dieciséis años que estaba a punto de complir lo había estado pasando mal, pero ahora por fin parecía que las cosas empezaban a cambiar.

CONTINUARÁ...
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1 comentario:

Caminante dijo...

Me siento algo identificada. Hubo un tiempo en que yo también esperaba cambios...

Me ha gustado tu blog. ¡Un saludo! :)